STOP ABUSO INFANTIL

abuso_infantil_zas-02-02-01

Según el National Centre of Child Abuse and Neglect, el abuso sexual infantil (ASI) se refiere a “los contactos e interacciones entre un niño o una niña y un adulto, cuando el adulto (agresor) usa al niño o a la niña para estimularse sexualmente, él mismo, al niño, a la niña o a otras personas. Puede ser cometido también por una persona menor de 18 años cuando es significativamente mayor que el niño o la niña o cuando está en posición de poder o control sobre otro menor.”

En Europa 1 de cada 5 menores de edad son víctimas de abusos sexuales. En España se calcula que 1 de cada 4 niñas y 1 de cada 7 niños lo sufre antes de llegar a los 17. Estas cifras son en realidad una estimación, pues es muy difícil tener datos exactos. Los números a nivel continental salen de la combinación de varios estudios de grupos europeos y de organismos internacionales, pero la mayoría se centra sólo en abusos sexuales a menores con contacto físico, así que los datos reales podrían ser más altos. En España la situación es aún peor, las cifras disponibles se remontan a un estudio de 1997. Sí que es más facil saber con seguridad datos judiciales: En España, en 2015, 1 de cada 5 sentencias penales del supremo fue por abusos sexuales a menores, y eso teniendo en cuenta las bajísimas tasas de denuncia, menos de un 10% de las víctimas llega a denunciar los hechos.

Esta dificultad a la hora de recabar datos viene fundamentalmente por el tabú que supone la violencia sexual en general. La razón principal es el poquísimo interés que hay por parte de los organismos oficiales competentes de ponerle fin o informar sobre ello. Esta falta de información y de presencia real en el debate público lleva a la estigmatización de la víctima y la impunidad del agresor. Por eso es perfectamente comprensible que  la víctima se muestre reacia a denunciar por querer evitar ser juzgada y culpabilizada por la sociedad. Pero en los casos de abuso sexual a menores son aún más raras las denuncias por el vínculo personal con el agresor. Según la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo), en el 24,6% de los casos el agresor es el padre biológico, en el 17,5% vecinos o amigos; en el 11,9% tíos, primos o abuelos. En el 7,6% el abuso se da en el entorno escolar y el 5,9% ocurren a manos de la pareja de la madre. Sólo en el 32,5% de los casos era una persona desconocida. Esta cercanía influye especialmente en el miedo de la víctima a ser rechazada o marginada por el resto del entorno, por la noción de que los asuntos familiares deben quedar en familia.

Este vínculo y esta cercanía es también precisamente lo que facilita o incluso permite la agresión. La víctima suele tener con el agresor una relación muy íntima y en muchos casos, por su edad, dependiente. Al principio no parece que esté ocurriendo nada malo. Los primeros pasos son muestras de cariño desinteresado que pasan, como es natural, totalmente desapercibidas y además se entienden dentro de la relación normal con cualquier persona adulta del entorno. Trato cercano y cálido, abrazos, regalos que poco a poco se van haciendo más especiales, juegos entre el adulto y el niño o la niña que poco a poco se vuelven más íntimos, más secretos… Hasta que la víctima se encuentra jugando a cosas que no le gustan, que, según su edad, intuye o sabe, que no están bien. Y empieza a sentirse incómoda, pero al intentar negarse llegan las amenazas

Las consecuencias que tiene esta forma de abuso en las víctimas son muchas y muy diversas. Hay secuelas físicas, como dolores crónicos generales, alteraciones del sueño (pesadillas), problemas gastrointestinales o hipocondría y trastornos de somatización entre otros. También puede afectar a la conducta, dando lugar a problemas de hiperactividad, bajo rendimiento académico o incluso huidas del hogar o conductas autolesivas o suicidas. Por otro lado, suele repercutir en el ámbito social, con una tendencia al aislamiento, problemas en las relaciones interpersonales o en general déficit de las habilidades sociales. Además tiene también consecuencias emocionales; es muy habitual el miedo generalizado, el aislamiento, la hostilidad o agresividad hacia el exterior, sentimientos profundos de culpa y vergüenza, depresión, ansiedad, rechazo del propio cuerpo, problemas de autoestima… En la misma línea afecta también a la sexualidad, como suponen los conocimientos sexuales precoces o inapropiados para la edad de la víctima, masturbación compulsiva, excesiva curiosidad sexual, conductas exhibicionistas o problemas de identidad sexual. Y es que a la agresión sexual en sí y al dolor que ello provoca hay que añadir el desmoronamiento de la infancia, la sensación de traición, de pérdida de confianza hacia alguien por quien hasta hace poco sentía verdadera admiración y el desamparo que supone sentir que una persona querida te hace daño.

La única forma de frenar el abuso sexual infantil es dando voz y credibilidad a las víctimas. Sólo si se sienten seguras y protegidas entenderán que no es culpa suya y se atreverán a compartirlo y denunciar. Como personas adultas tenemos la responsabilidad de estar atentas a posibles signos de alarma. No seas cómplice, atrévete a escucharla.

STOP ABUSO INFANTIL